A veces el paraíso se encuentra muy cerca de casa, no solo en los lugares lejanos que nos hacer soñar con una vida peligrosa -como canta Charlie- , o al contrario con una completamente idílica, armónica, por siempre feliz.
Creo que es sensato. Total, ¿qué sentido tendría soñar con lo que está al alcance de nuestra mano y de nuestras circunstancias?
Soñar no cuesta nada y por eso somos ilimitados cuando elegimos el escenario de nuestra vida paralela, esa que transcurre en episodios entrecortados por la vida real, en un lugar en el que no estamos y que usualmente queda lejos.
Pero, ¿porqué tan lejos?
Quizás sea más fácil idealizar lo desconocido que lo cotidiano, o mejor dicho, más fácil pasar por alto los defectos de la vida que no vivimos en cuerpo propio.
Eso no quiere decir que necesariamente estaríamos dispuestos a mudarnos a esa otra vida, con todas las consecuencias reales que ello acarrearía, pues en ese caso el sueño dejaría de serlo.
Y como dijo alguien, solo pueden ser románticos los amores irrealizados o que por cualquier razón son imposibles. Solo podemos seguir soñando con lo que está lejos, en el tiempo, en la distancia o de nuestras posibilidades actuales.
O si les preguntan, en algún caso se les ocurriría pensar que en un pueblo anodino, desprovisto de cualquier atractivo mencionable, que queda a menos de dos horas de Bogotá ¿se pudiera encontrar un recorte del paraiso?
A mi no se me hubiera ocurrido antes, pero la distancia permite olvidar los defectos de los sitios que siempre parecieron tan comunes, casi inexistentes y por el contrario,instala en nuestra mirada la posibilidad de descubrir pequeños paraisos en esos lugares simples.
Hace poco tuve la suerte de visitar a unos parientes, de esos que uno oye nombrar solo raramente y se encuentra una o dos veces en la vida.
Es una pareja de corazón gitano que ha rodado por muchos rincones de Colombia y Venezuela en busca de su paraiso. Sobra decir que no lo encontraban - de ahí el corazón gitano. Pero andar tantos años en busca de... cansa a cualquiera y hasta los nómadas terminan quedándose en algún lado.
Es una pareja de corazón gitano que ha rodado por muchos rincones de Colombia y Venezuela en busca de su paraiso. Sobra decir que no lo encontraban - de ahí el corazón gitano. Pero andar tantos años en busca de... cansa a cualquiera y hasta los nómadas terminan quedándose en algún lado.
A mi me parece que esta vez si encontraron lo que buscaban.
Viven en una pequeñísima finca, en la que aguacates, chirimoyos, lulos, naranjos, limoneros, un platanal, matas de tomate de árbol, caña de azúcar, heliconias y flores exóticas sin nombre conocido -entre otras que no recuerdo- crecen ante la mirada imperturbable de una cabra, una vaca, una potranca que come panela de la mano, un gato, dos perros juguetones, una gallo y una gallina "quicos" y unas cuantas gallinas comunes, pajaritos de colores e insectos fantásticos.
Viven en una pequeñísima finca, en la que aguacates, chirimoyos, lulos, naranjos, limoneros, un platanal, matas de tomate de árbol, caña de azúcar, heliconias y flores exóticas sin nombre conocido -entre otras que no recuerdo- crecen ante la mirada imperturbable de una cabra, una vaca, una potranca que come panela de la mano, un gato, dos perros juguetones, una gallo y una gallina "quicos" y unas cuantas gallinas comunes, pajaritos de colores e insectos fantásticos.
El propósito de visitar a los parientes gitanos era muy importante: por primera vez para mi, hacer los postres de las abuelas que hoy en día a nadie se le ocurre que se puedan preparar, esos postres que se comen en los paseos a Guatavita o en su defecto se compran en los supermercados, en versiones sin ningún encanto. Postres hechos con pocos ingredientes, mucho tiempo y paciencia excesiva que en estos tiempos de apuros resultan tan anacrónicos.
Por dos días nos perdimos del mundo en la dimensión olvidada de la lentitud y junto con mi mamá y la prima gitana estuvimos durante ocho litros de leche y cuatro libras de cuajada, sacando natas, batiendo panelitas y amasando panes de maíz, mientras ellas se actualizaban mutuamente sobre los acontecimientos de las últimas décadas familiares y yo me preguntaba si quizás habré nacido en la época equivocada.
A los alemanes con quienes quise compartir la dicha de saber hacer postre de natas, les parecío repugnante desde mi simple intento por traducirles el nombre: "Milchhaut-Dessert".
A todo el que lo haya probado, a pesar de cualquier cosa, le encanta. La receta es el producto de los recuerdos borrosos de mi mamá, que de niña contemplaba an siosa todo un día de trajín de mi abuela en la cocina, que concluía por fin cuando el postre se enfriaba y era servido en platicos.
Postre de natas - no apto para posmodernos
Como dije, se trata de un postre anacrónico. Sugiero hacerlo en compañía de alguien querido, de alguno a quien no se ve hace mucho tiempo o al menos de alguien dicharachero, porque exige varias horas de paciencia que se pueden aprovechar contando historias. También pueden aprovechar y hacer como nosotras, preparar simultáneamente un par de recetas más. Como la del pan de maíz que aparece más abajo.
2 tazas azúcar
2 tazas agua
3 yemas de huevo
uvas pasas al gusto
clavos y canela
1. Se ordeña una vaca:
... si solo tienen una, hay que juntar la leche de dos días, si no, no alcanza...
... si solo tienen una, hay que juntar la leche de dos días, si no, no alcanza...
3. Se repite el procedimiento, hasta que los cinco litros hayan desaparecido de las ollas y la taza esté llena de natas.
4. Se prepara aparte un almíbar con el agua, el azúcar, clavos y canela. Se hace llevando lo anterior a ebullición por un minuto.
5. Se agregan las natas al almíbar, se cocinan por dos minutos.
6. Se retira del fuego y se agregan las yemas y las uvas pasas.
7. Se deja enfriar y se agrega un buen trago de aguardiente.
8. Se sirven pequeñas porciones, se saborea con impaciencia y se guarda bajo llave, porque corre el riesgo de desaparecer muy pronto.
Pan de maíz - suficientes para matar la gana
Son uno de los tantos amasijos que se pueden hacer a base de queso fresco y maíz.
1500g queso campesino
500g harina de maíz
125g harina de trigo
3 huevos
1 cda polvo de hornear
100g azúcar
poquita leche
1 cda sal
1. Se ralla el queso y se tamizan las harinas con el polvo de hornear.
2. Se mezcla lo anterior con los huevos, el azúcar, la sal y si la masa parece un poco seca se le pone leche.
3. Se amasa un poco y se hacen bolitas que se acomodan sobre una placa enmantecada.
4. Se hornean a 180°C por unos 30 minutos o hasta que tomen color dorado.
5. Se acompañan con chocolate o aguadepanela, con té o café.
