jueves, 3 de marzo de 2011

Recortes del edén


A veces el paraíso se encuentra muy cerca de casa, no solo en los lugares lejanos que nos hacer soñar con una vida peligrosa -como canta Charlie- , o al contrario con una completamente idílica, armónica, por siempre feliz.
Creo que es sensato. Total, ¿qué sentido tendría soñar con lo que está al alcance de nuestra mano y de nuestras circunstancias?

Soñar no cuesta nada y por eso somos ilimitados cuando elegimos el escenario de nuestra vida paralela, esa que transcurre en episodios entrecortados por la vida real, en un lugar en el que no estamos y que usualmente queda lejos.

Pero, ¿porqué tan lejos?

Quizás sea más fácil idealizar lo desconocido que lo cotidiano, o mejor dicho, más fácil pasar por alto los defectos de la vida que no vivimos en cuerpo propio.




Eso no quiere decir que necesariamente estaríamos dispuestos a mudarnos a esa otra vida, con todas las consecuencias reales que ello acarrearía, pues en ese caso el sueño dejaría de serlo.

Y como dijo alguien, solo pueden ser románticos los amores irrealizados o que por cualquier razón son imposibles. Solo podemos seguir soñando con lo que está lejos, en el tiempo, en la distancia o de nuestras posibilidades actuales.

O si les preguntan, en algún caso se les ocurriría pensar que en un pueblo anodino, desprovisto de cualquier atractivo mencionable, que queda a menos de dos horas de Bogotá ¿se pudiera encontrar un recorte del paraiso?




A mi no se me hubiera ocurrido antes, pero la distancia permite olvidar los defectos de los sitios que siempre parecieron tan comunes, casi inexistentes y por el contrario,instala en nuestra mirada la posibilidad de descubrir pequeños paraisos en esos lugares simples.

Hace poco tuve la suerte de visitar a unos parientes, de esos que uno oye nombrar solo raramente y se encuentra una o dos veces en la vida. 
Es una pareja de corazón gitano que ha rodado por muchos rincones de Colombia y Venezuela en busca de su paraiso. Sobra decir que no lo encontraban - de ahí el corazón gitano. Pero andar tantos años en busca de... cansa a cualquiera y hasta los nómadas terminan quedándose en algún lado.

A mi me parece que esta vez si encontraron lo que buscaban.

Viven en una pequeñísima finca, en la que aguacates, chirimoyos, lulos, naranjos, limoneros, un platanal, matas de tomate de árbol, caña de azúcar, heliconias y flores exóticas sin nombre conocido -entre otras que no recuerdo- crecen ante la mirada imperturbable de una cabra, una vaca, una potranca que come panela de la mano, un gato, dos perros juguetones, una gallo y una gallina "quicos" y unas cuantas gallinas comunes, pajaritos de colores e insectos fantásticos.


                            
El propósito de visitar a los parientes gitanos era muy importante: por primera vez para mi, hacer los postres de las abuelas que hoy en día a nadie se le ocurre que se puedan preparar, esos postres que se comen en los paseos a Guatavita o en su defecto se compran en los supermercados, en versiones sin ningún encanto. Postres hechos con pocos ingredientes, mucho tiempo y paciencia excesiva que en estos tiempos de apuros resultan tan anacrónicos.                                                                                                      Por dos días nos perdimos del mundo en la dimensión olvidada de la lentitud y junto con mi mamá y la prima gitana estuvimos durante ocho litros de leche y cuatro libras de cuajada, sacando natas, batiendo panelitas y amasando panes de maíz, mientras ellas se actualizaban mutuamente sobre los acontecimientos de las últimas décadas familiares y yo me preguntaba si quizás habré nacido en la época equivocada. 



A los alemanes con quienes quise compartir la dicha de saber hacer postre de natas, les parecío repugnante desde mi simple intento por traducirles el nombre: "Milchhaut-Dessert".

A todo el que lo haya probado, a pesar de cualquier cosa, le encanta. La receta es el producto de los recuerdos borrosos de mi mamá, que de niña contemplaba an siosa todo un día de trajín de mi abuela en la cocina, que concluía por fin cuando el postre se enfriaba y era servido en platicos.

Postre de natas - no apto para posmodernos


Como dije, se trata de un postre anacrónico. Sugiero hacerlo en compañía de alguien querido, de alguno a quien no se ve hace mucho tiempo o al menos de alguien dicharachero, porque exige varias horas de paciencia que se pueden aprovechar contando historias. También pueden aprovechar y hacer como nosotras, preparar simultáneamente un par de recetas más. Como la del pan de maíz que aparece más abajo.

5 litros leche cruda
2 tazas  azúcar
2 tazas  agua 
3        yemas de huevo
uvas pasas al gusto

clavos y canela




1. Se ordeña una vaca: 
... si solo tienen una, hay que juntar la leche de dos días, si no, no alcanza...
 
2. Se ponen los cinco litros de leche fresca a fuego lento en dos ollas grandes. Cada vez que se forma una nata en la superficie, se recoge con cuidado y se reserva.





 

3. Se repite el procedimiento, hasta que los cinco litros hayan desaparecido de las ollas y la taza esté llena de natas.



 

4. Se prepara aparte un almíbar con el agua, el azúcar, clavos y canela. Se hace llevando lo anterior a ebullición por un minuto.



5. Se agregan las natas al almíbar, se cocinan por dos minutos.

                                    
6. Se retira del fuego y se agregan las yemas y las uvas pasas.


7. Se deja enfriar y se agrega un buen trago de aguardiente.


8. Se sirven pequeñas porciones, se saborea con impaciencia y se guarda bajo llave, porque corre el riesgo de desaparecer muy pronto.







Pan de maíz - suficientes para matar la gana

Son uno de los tantos amasijos que se pueden hacer a base de queso fresco y maíz.



1500g  queso campesino

500g   harina de maíz
125g   harina de trigo
3      huevos
1 cda  polvo de hornear
100g   azúcar
poquita leche
1 cda  sal

1. Se ralla el queso y se tamizan las harinas con el polvo de hornear.

                           


2. Se mezcla lo anterior con los huevos, el azúcar, la sal y si la masa parece un poco seca se le pone leche.





3. Se amasa un poco y se hacen bolitas que se acomodan sobre una placa enmantecada.



4. Se hornean a 180°C por unos 30 minutos o hasta que tomen color dorado.





5. Se acompañan con chocolate o aguadepanela, con té o café.











 



jueves, 17 de febrero de 2011

Chiquita pero bien picosa


Dedicado a todos aquellos a los que les corre chile por las venas.


Así es Lolita -pseudónimo- mi amiga mexicana: chiquita pero con el alma bien picosa, lleva en la sangre y en la mirada todo el chile que se habrá comido su familia durante generaciones enteras.

Cuando uno vive en un país de temperamento flemático y además se encuentra en medio del invierno, puede correr el riesgo de que se le apague el espíritu. A mi me pasó, por suerte eso fué el invierno pasado -en este me escapé para Colombia ;)

Es como si depronto, la fogata interior de donde salen las chispas necesarias para encender la risa, provocar la pasión, desatar el entusiasmo, alentar el vigor hasta para parpadear, se extinguiera. Como si dejara de importar el color y la indiferencia lo cubriera todo, como la nieve cubre la tierra en esos largos meses.

Un día cualquiera llegó a mi vida Lola -por medio de un curso de alemán, cuyo profesor es un personaje croata divertidísimo que puede convencer hasta al más escéptico, de que aprender alemán, ES POSIBLE!

Gracias a Lola, se rompió mi anonimato en el curso -pues la otra profesora del mismo, se olvidó de mi nombre, cosa que es normal. El problema es que por ella no querer admitirlo, cada vez que al hacer la ronda por el curso con preguntas o ejercicios, llegaba mi turno, ella cambiaba la dirección para evadir la necesidad de llamarme de alguna manera: profesora cobarde.
Al otro día Lola expresó al profesor genial su inconformidad con mi anonimato: no le parecía justo, que si en clase ya todos conocían hasta los más recónditos secretos de los demás, gracias a los interesante ejercicios de conversación que inventaba el, yo pudiera conservar un bajo perfil.
No era justo. Así empezó un interrogatorio en el que respondí todo tipo de preguntas a mis quince compañeros y al profesor croata. Gracias a ella, se rompió la capa de nieve que había cubierto mi conexión social con el mundo.
Gracias a ellos me levanté cada mañana con entusiasmo para no perderme ni un minuto de los disparates del profe, ni cualquier mínima ocasión para hacer chistes en un alemán primitivo durante la clase o en mexicano avanzado durante la pausa y volver a reir con las carcajadas que al parecer se me habían olvidado.

La muy ingrata ya se fué a vivir a otra ciudad. Pero además de bautizarme con un sobrenombre evocador de uno de mis libros favoritos: Gertrudis, la hermana emancipada de "Como agua para chocolate", antes de irse me dejó su legado: si bien antes me gustaba el ají -salsa picante- pues en Colombia siempre está sobre la mesa para el que quiera ponerle gracia a la comida (ver receta ají bogotano), con Lola comprendí porqué en algunos lugares no pueden parar de consumir sobredosis de chile con cualquier comida, hasta con los dulces.

Lolita cocinó para mi platos con alma de fuego, que al hacerme mocosear, enrojecer, toser, acelerar el corazón y llorar con sentimiento, me ataron para siempre al hechizo del chile y a su cariño maternal - al de ella, aunque en realidad, tendría que ser al revés: ella tiene apenas 23, yo ya casi 27 ;)

La adicción al chile no conoce límites. Una vez que has caído en ella quieres repetir una y otra vez ese momento dramático de incendio en la boca, que mientras sucede intentas apagar con agua o cualquier líquido, pero una vez superado, buscas atizar otra vez, una y otra vez. Como pasa con sus famosos camarones "a la diabla": Camarones cocidos en una salsa hecha con ajo, ajíes o chiles rojos muy picantes, agua y sal. Según ella, solo está bien hecha si hace llorar hasta al más macho, sino, es que fracasó el cocinero. La de ella cumplió su cometido.
P.d. esa receta se las quedo debiendo.

Ahora no puedo ver una papa, una empanada, una arepa o en su defecto cualquier cosa comestible -menos postres- sin que se me haga agua la boca cuando la imagino bañada en ají "extrapicante", tampoco puedo evitar repetir esa experiencia de reconciliación espiritual con el mundo, con Alemania y el idioma alemán, que un día cualquiera mi querida amiga, personificación del espíritu del chile, hizo posible para mi.

En la cena que preparó para despedirse, además de lágrimas de adiós, rodaron lágrimas de fuego gracias a las dos recetas que les dejo.

¡Ay como extraño tus comidas mija!

Guaraches de pollo - para 3 pares ;)

Huaraches son zapatos o sandalias en Nahualt, la lengua indígena del norte de México. Se supone que la base del platillo, hecha de masa de maíz debe tener forma de suela.

900g    masa ya preparada de maíz blanco precocido
600g   pollo cocido desmenuzado, preferiblemente las patitas
       porque la pechuga queda muy seca. Guardar el caldo en que
       se cocinó para la siguiente receta.
6-7    tomates maduros
2      cebollas blanca
2      dientes de ajo
400g   frijoles rojos ya cocidos, pueden ser de lata
3      aguacates muy maduros
300g   queso gouda rallado
200g   una mezcla de lechuga fresca, pepino, tomate fresco
250g   crema agria
       Sal y pimienta
       Aceite para freir

¡Tantos chiles como sean capaces de soportar! si no los encuentran frescos se encuentra en las tiendas chinas secos.


1. Primero calentamos el aceite en una sartén y ponemos a freír los guaraches. Como dije, deben tener la forma de una suela de zapato, más bien de número grande, para que luego le quepan encima bastantes cosas. Una vez tostados los guaraches, se secan con papel de cocina y se reservan.

2. En una olla se cocinan los tomates y las cebollas. Cuando ya ablandaron, se sazona con poquita sal y se agregan los chiles -van al gusto- se licúa todo hasta que quede una salsa. 

         3. En una sartén se ponen los frijoles ya cocidos, con poquita leche y se dejan cocinar hasta que tomen la leche y vayan ablandando, si hace falta se les pone más leche. Se aplastan un poco para que queden cremosos.
4. En una taza se pican los aguacates en trocitos, en otra se alistan las lechugas, rodajas de pepino y tomates frescos cortados, en otra se pone queso rallado. 
5. Ahora si se arman los guaraches: a cada uno se le da una embarrada de frijoles, luego una capa de pollo, luego una de salsa, luego una de aguacate, de lechuga, de queso, de salsa, de crema agria, luego si se quiere, se le dan más capas, lo que pasa es que en este momento ¡ya tienen una montaña de comida al frente! Por las dudas se le da otra pasadita con la salsa, para que todo tome sabor.

6. Se comen con pasión, se lloran sin pena, por las dudas tengan agua a mano.







Caldo tlalpeño - para 6 tazas con derecho a repetición ;)

1lt    de caldo de pollo
4      tomates
2      cebollas 
600g   pollo, mitad pechuga, mitad patitas
4      zanahorias cortadas en rodajas
300g   queso
3      aguacates maduros
1lata  chiles chipotles, se pueden comprar por internet.
muchos totopos
       sal y pimienta


1. Es muy fácil, en el caldo de pollo se licúan los tomates, las cebollas y se condimenta al gusto con sal y pimienta. Se ponen allí a cocinar las presas de pollo con todo y su pellejo.

2. Cuando el pollo está ya listo, se saca y se desmenuza. A la sopa se le agregan las zanahorias cortadas en rodajitas y se cocina unos minutitos más.

3. Se sirve y en cada taza se le agrega queso, aguacate en cubitos, totopos y la cantidad que cada uno pueda resistir de chile chipotle. La gracias de la receta está justamente en el chile chipotle, sin éste ingrediente no hay caldo tlalpeño que valga!

4. Se repite porque es imposible no hacerlo ;)





Ludovico, Lola, Domingo Antonio ¡repitiendo su caldo tlalpeño!











sábado, 12 de febrero de 2011

En Barranquilla me quedo!!!


Dedicado a todos los curramberos de corazón.




Cuando se viaja por el Caribe colombiano, se puede comprender -sin discutir que es un genio de la literatura- que Gabriel García Márquez necesitó solo mirar a su alrededor para encontrar a los personajes que protagonizan sus historias. Los colores, las situaciones improbables, esa perspectiva de la existencia que nos asombra y nos fascina, son todas cosas de la cotidianidad costeña. Creo que eso mismo lo ha dicho él en otras palabras, lo que pasa es que hasta ahora comienzo yo a entender porqué lo dice.


La tía Teresa.


Barranquilla es la ciudad más grande de la costa, el puerto más importante sobre el mayor río de Colombia: el Magdalena, se encuentra situada a pocos kilómetros de su desembocadura. Arenosa y ardiente la mayor parte del año, famosa por las tormentas y los torrenciales aguaceros que convierten sus calles en arroyos caudalosos - me parece que "arroyo" es un diminutivo de lo que pueden llegar a ser los ríos que arrastran lo que encuentran a su paso cuando llueve como Dios manda.
Caótica y con vocación para la fiesta, la música y la risa. Con una riqueza cultural que se expresa sobretodo en la tradición oral popular, el legado de escritores geniales y los diferentes ritmos y bailes autóctonos, además de la larga lista de dichos y palabras propias, a las que se hace un pequeño homenaje en el museo del Caribe - que muestra una recopilación hermosa y dinámica del folclor, la historia y todo el paisaje humano de la región.
(La foto del burrito es de Mayi! Gracias nena!!)



martes, 14 de diciembre de 2010

Para recuperar las ganas


Tengo una amiga que había perdido las ganas de cocinar. Desde muy chica acompañaba a su abuela en la cocina esperando el momento en que ella finalmente decidiera que su nieta ya era capaz de meter las manos en alguna de esas masas, postres, empanadas y alfajores en que gastaba su vida, sin arruinarlos. El misterio de llevar las masas a su perfección le parecía a la abuela un asunto demasiado complejo como para ser revelado a una niña de seis. Por eso es que en algunas recetas esa niña tuvo que ser infiel a la abuela y aprendelas a hacer con la tía, cosa que para nada le simpatizó a la señora.

Mi amiga C. creció y la vida la llevó a salir de su tierra y a quedarse diez años en un país sin sentimientos, donde todos los tomates se ven sospechosamente iguales y está prohibida la importación de alimentos, que como los quesos que vienen de regiones evocadoras de Europa, a veces nos faltan para reconciliarnos con la vida. Permanecer en este ambiente enrarecido le robó a C. la inspiración culinaria y le provocó amnesia de los placeres básicos que por tantas horas al lado de la abuela en la cocina de su infancia, le habían ocupado las manos y la imaginación.

La vida -caprichosa como es- ha traido a C. a Alemania y aunque en principio no parecería el destino ideal para recuperar el deseo de conectarse con el universo sensual de la cocina -Italia o Francia podrían resultar más aptos para desencadenar esos ímpetus dormidos- para ella ha significado volver no solamente a amasar otra vez con pasión, sino también a sonreir con ganas y a disfrutar de la belleza que se esconde hasta en la planta más humilde de su jardín.

C. y yo compartimos un tarde de nieve y de aspecto desamparado, preparando los knisches de su abuela, exquisitos bollos de masa rellenos de papa y cebolla, una receta de la cocina judía con los que calmé muchas veces mi hambre después de bailar horas enteras en el estudio de tango de los Dinzel en Buenos Aires. Los knisches se hacen a partir de una mezcla de ingredientes simples que generalmente se encuentran en cualquier cocina y que a primera vista no tendrían porque hacer merecer grandes elogios. Pero los merecen. Fue un placer ver a C. entregada a amasarlos y casi un pecado comer tantos cuando salieron del horno. En nombre de C. y de su abuela, aqui les dejo la receta para que recuperen las ganas, si es que las tienen perdidas ;)


Knisches de papa - para recuperar las ganas


Sal fina (como bien usted sabe, cantidad calculada a ojito)
1/2  kilo de harina
2     cucharadas de vinagre blanco
1     paquete de margarina - es decir 200g también puede ser mantequilla-
1     vaso de soda (es decir, agua con gas)


1 1/2  kilo de papas
3/4     kilo de cebolla


"De mas esta decir que se necesita aceite para rehogar la cebolla y un poco de pimienta para realzar el sabor. Estos dos ultimos ingredientes van calculados a ojito" palabras de C.


1. Se ablanda la mantequilla, lentamente, con la mano. También puede ser con el microondas, aunque le quite mucha gracia.


2. Se añade la harina y la sal, mezclando todo muy bien y después de un rato se agregan los líquidos.


3. Amasar y amasar hasta lograr una masa homogénea, suave y elástica.


4. En una cacerola con agua y sal se cocinan la papas peladas hasta ablandar y se hacen puré.
5. Aparte en una sartén se calienta un poco de aceite y se rehoga la cebolla finamente picada. Cuando esté trasparente se agrega el puré de papa y se mezcla muy bien.




6. Y se sazona con pimienta...


7. Se estira la masa por partes, hasa lograr rectángulos de más o menos 2mm de grosor...



8. Sobre la masa estirada se pone un montoncito del relleno de papa y cebolla...




9. Y se cierra apretando bien los extremos para que no se escape el relleno.




10. Con el canto de las manos se marcan surcos...




11. Y luego se separan las piezas de masa y se sellan.






Se ponen sobre una placa de horno enmantecada, y se hornean a 180° por unos 20 minutos o hasta que se vean doraditos...




Se comen sin moderación.......




domingo, 5 de diciembre de 2010

¡Me gusta la navidad!

La navidad es una época bien sabrosa del año. Claro que así como a muchos les gusta, a otros no y me parece comprensible, porque se trata de fechas que remueven muchas emociones, recuerdos de infancia y quizás también posteriores, que quedan marcados a fuego en los corazones.

También nos genera miradas retrospectivas, nos llama a reflexionar sobre el año que se va y convoca nuestras esperanzas y deseos para el año que llega. La navidad es también una época de sobreestimulación sensorial: hay fiesta, reencuentro, tragos, sabores y olores de la infancia, música, baile, abrazos, regalos, aguinaldos, novenas, risas, trasnochadera, frenesí. En latitudes menos afortunadas que la nuestra, cubiertas de nieve ahora mismo, también hay algo de frenesí pero más de tipo adquisitivo, muy poco de tipo emocional-vinculante-abrazativo que caracteriza al que me resulta familiar -¡ojalá me equivoque! pero quizás tenga razón.

A algunas personas, decididamente no les gusta la navidad. Esa misma sobrestimulación navideña que a muchos nos gratifica, puede que a otros les moleste porque justamente si la época o su significado, están asociados a momentos que valdría la pena olvidar, ha de ser una tortura su conmemoración inevitable.  Bueno también puede uno irse a Groenlandia para evitar la cara de fiesta de los demás... pero aún así parece difícil olvidarse.

Un momento se hace indeleble en la memoria cuando sacude las fibras nerviosas de nuestro cerebro reptil, cuando se nos mete abajo de la piel - wenn es unter der Haut geht, como dicen aquí. Abrazar, reir, bailar, cocinar, cantar y comer con otros son actividades básicas que estimulan todos nuestros sentidos y nos marcan profundamente, quizás por eso es que al final para todos esta época tiene un sentido especial.

Para mi significa agradecimiento por todas las cosas buenas que he recibido en la vida, entre las que se cuentan, el amor y la posibilidad de compartir y aprender al lado de otras personas, el regalo de las experiencias que he vivido y que me permiten ser cada vez un poco más humana.


Buñuelos colombianos.

También significa, cocinar para otros y en grandes cantidades, repetir los ritos simples de comer en comunión los platos que nos unen a la tradición. En cada país, en cada región se repiten las costumbres que comunican a las personas con sus orígenes y gran parte de esos ritos están representados en los alimentos que se comparten en la mesa de fin de año.

Cuando se está lejos de lo que nuestro corazón señala como "casa", puede convertirse en un desafío repetir esos ritos, bien sea solo para reconfortarnos, para compartir nuestra cultura con personas que no la conocen o bien, para seguir comunicando la tradición a los más pequeños. Los ingredientes que necesitamos son de otra calidad o no existen, a los otros no les gusta comer algo diferente de su menú tradicional o quizás nunca antes hicimos esa receta.

Los buñuelos colombianos podrían entrar en la categoría "desafiante" si se trata de prepararlos estando lejos de casa. Ya de hecho siempre fue legendaria la dificultad en su elaboración: por razones indescifrables y por lo mismo altamente impredecibles, los buñuelos podían súbitamente deformarse y en el peor -y no poco frecuente de los casos-  explotar, dejando a alguien malherido y la cocina hecha una desgracia. La humedad de la masa, la temperatura del aceite, la calidad del queso, todas podían ser las culpables del fracaso de la misión.

La primera vez que hice buñuelos en mi vida, fue en Argentina. En aquella época trabajaba en un programa de cocina donde preparaba solo postres y platos colombianos y caribeños. Sobra decir que también fue por eso que preparé mis primeras almojábanas, mis primeros panderitos, mi primera mantecada, entre otras muchas especialidades locales. De otro modo creo que no habría llegado a escarbar tan a fondo en la repostería de nuestro país.

El caso es que la primera vez que me enfrenté a la necesidad de conseguir queso costeño para hacer los dichosos buñuelos, me encontraba en Buenos Aires. Gracias a que no puedo dejar de probar cuanta cosa llamativa que cruza mi camino ;) , recordé que una vez había comido unas empanadas que queso y perejil que hacen los turcos, llamadas "Börek", que sabian a queso costeño. Entonces fuí a una de las tiendas que hay sobre la av. Scalabrini Ortiz  donde inmigrantes árabes y armenios venden toda clase de productos provenientes del oriente medio y calóricos postrecitos hechos de pasta philo, nueces, agua de azahar y almibar....mmmmmmmmmmmm.

Cuando le pregunté al dependiente por un queso salado, duro, blanco... el me interrumpió diciendo: -¡ah! queso costeño ¿no?, ¡si! le dije yo.
El tipo había trabajado con colombianos y por eso sabía que el queso de los turcos, en Colombia se llama queso costeño ¿Será que fueron los inmigrantes sirio-libaneses que llegaron a la costa norte colombiana los que trajeron consigo - además de sus ventas de abalorios, telas y aparatos, el sistema de ventas a crédito, sus miradas y cabellos oscuros, ritmo en las caderas y tradiciones culinarias antiquísimas- este queso? depronto.

El caso es que ahora que estoy en Mannheim, donde la mitad de la población es turca y gracias a esto es muy sencillo encontrar el queso perfecto para lograr los buñuelos redondos, esponjosos, ligeramente crocantes por fuera y suavecitos por dentro, que tanto nos gustan. Así que ya lo saben: si están lejos de casa y cerca hay tiendas turcas, pidan queso para Börek=queso costeño!

Les paso la receta con paso a paso: ¡un hit asegurado! ;)


Buñuelos perfectos - donde quiera que se encuentre.


Para 12 buñuelos.

230g      Queso costeño -si se compra en
        tienda turca pida queso para
        Börek-
120g    Maizena
10g     Almidón de yuca
1cdita. Azúcar
1       huevo
1cdita. polvo de hornear
2-5cdas.leche
1Lt.    aceite para freir



1. Moler o rallar el queso finamente y mezclarlo con la maizena, el almidón de yuca, el azúcar y el huevo. Amasar muy bien por algunos minutos, hasta que la masa tenga una apariencia muy homogénea. 


2. Hacer la prueba de formar bolitas con la masa. Si es un poco pegajosa y las bolitas se dejan hacer con facilidad, no es necesario ponerle leche. Si la masa está medio dura y cuesta formar bolitas, se agrega leche de a poco, por cucharadas, y se amasa para comprobar si ya está medio blanda. No hay una medida exacta de líquido a agregar porque la humedad del queso puede variar, entonces no siempre habrá que agregarle leche.

3. Cuando la masa parece blanda, un poco pegajosa, pero de deja formar en bolitas, se agrega el polvo de hornear y se amasa de nuevo algunos minutos.

4. Calentar el aceite en una olla honda, a fuego medio. Dividir la masa en bolitas.

5. Probar con una bolita de masa, antes de ponder a freir los buñuelos. La bolita debe hundirse y quedarse abajo más o menos un minuto, luego subir y flotar. Si sube más rápido, el aceite está demasiado caliente. Si se queda abajo mucho tiempo, el aceite está muy frío (a la próxima le tomo la temperatura, o si alguien la sabe  ¿puede decírmela?)

6. Poner a freir los buñuelos, ellos....

...van a quedarse más o menos un minuto en el fondo de la olla, déjelos, no los moleste.

   
        
              luego, van a subir y a flotar...


                                
       y van a empezar a tomar un colorcito dorado...
 

... que cada vez se ve más provocativo,


mmmmmmmmm..... un poco más


... ahora sí piden a gritos ser comidos!

...pero primero, se escurren muy bien


y se sirven...